Usualmente las negrillas y subrayados son nuestros.

31.5.13

Impuestos ¿freno o palanca para el desarrollo?

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Las negrillas, subrayados y separación de algunos párrafos son para efectos de estudio. El autor es responsable de los conceptos y argumentos.
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Impuestos ¿freno o palanca para el desarrollo? 
Alberto Quiñónez AEE/JTR 
Agosto, 2011

Ciertamente, la juventud no puede permanecer callada frente a la problemática nacional y mucho menos respecto del quehacer para construir una realidad nueva. No obstante, creemos que la masa crítica de la juventud será la pala del futuro y no el acomodamiento a esa postura que precisamente nos ha excluido sistemáticamente. En este artículo pretendo exponer críticamente algunos elementos sobre la temática de los impuestos, en respuesta a un artículo escrito por Sergio Rodríguez Ávila, presidente de Mediolleno. 

Creemos que la juventud debe ser esencialmente crítica, con los dos componentes que dan vida a esta palabra: científica y política. Y también propositiva, pero proponer no se hace en el vacío sino después de tener claridad de las leyes que rigen el movimiento de la naturaleza y de la historia. Hay, ante todo, que dimensionar los alcances, los matices, las vinculaciones teóricas e históricas del devenir social, lo cual no puede hacerse desde la óptica, por ejemplo, de la economía neoclásica: no hay elementos que permitan prejuzgar la incidencia directa de los impuestos en el desarrollo económico. No obstante, hay algunos indicios que pueden dar luces sobre dicha relación, y que son los que describiremos en las páginas siguientes. 

Primero, es necesario apuntar que los impuestos y la deuda son las dos fuentes de recursos financieros del aparato de Estado; los ingresos tributarios en nuestro país, por ejemplo, representan el 94.3% de los ingresos totales del sector público (según datos del Ministerio de Hacienda). La importancia que radica en la imposición, en comparación de la deuda, es que son recursos que no compromete el pago futuro por parte del Estado. 

Segundo, en muchos países, principalmente en Europa, uno de los modelos que sirvió para mejorar el acceso de la población a condiciones que permitieran satisfacer sus necesidades materiales y culturales, fue el llamado Estado de Bienestar, que tenía a la base la aplicación de políticas económicas de corte keynesiano. Dentro de este paradigma se plantea un aparato estatal con amplia incidencia en el aspecto económico, esto permitía opacar algunas tendencias que el mercado generaba: empobrecimiento, concentración de la propiedad, ahogamiento de la competencia… Por el lado fiscal, la incidencia del Estado se lograba por dos vías: la captación de ingresos, que modificaba la distribución funcional de la renta; y la asignación del gasto público, que redistribuía la riqueza. Estos dos mecanismos permiten superar una tendencia ingénita del capitalismo: el ahogo de la demanda efectiva como producto de la concentración y centralización de la riqueza. 

En efecto, la situación de crisis actual está siendo enfrentada no con menos impuestos, sino con más. 

Para esto es importante ver el caso de los países de la Unión Europea, que están estableciendo impuestos a las transacciones internacionales, a las operaciones financieras, a la utilización de combustibles fósiles, y eliminando los paraísos fiscales, entre otras medidas; tal como lo expresa un comunicado de prensa del Parlamento Europeo de marzo del año pasado : 

En tercer lugar, hay que poner en examen el carácter de la estructura tributaria, es decir, analizar más allá de “los impuestos” en abstracto, cada una de las formas de imposición tributaria. 

En general, existen dos tipos de impuestos: los impuestos directos, que gravan los flujos monetarios; y los impuestos indirectos, que gravan las transacciones de bienes y servicios. La primacía de los impuestos indirectos supone sesgar la política tributaria con énfasis en la responsabilidad de los grupos con menos ingresos. 

En la sociedad, cada uno de los agentes económicos y clases sociales percibe magnitudes diferenciadas de flujos monetarios, mientras que las transacciones de bienes y servicios tienen el mismo precio para todos. Al descontar un porcentaje igual sobre precios dados, el impacto es más sustantivo para los grupos que perciben menores niveles de salarios.

Veamos un ejemplo: Un sujeto A recibe un salario de $200 y B de $6,000. Ambos gastan en la satisfacción de sus necesidades básicas $188 (costo de la canasta básica alimentaria para junio de 2011, según DIGESTYC). Como todos los bienes de la canasta básicas están gravados por el IVA (13% del gasto), tenemos que tanto A como B pagarían $24.4 de impuestos. Estos representan el 12.2% del salario de A y el 0.4% del salario de B. Mientras que a nuestro sujeto B le restan $5,812 para gastar en transporte, educación, salud, esparcimiento y recreación, entre otras cosas para él o ella y su familia, a nuestro sujeto A le restan $12 para satisfacer estas otras necesidades. Esta situación es la que justifica la necesidad de enfatizar los impuestos progresivos: que quien tiene más, pague proporcionalmente más. Y enfatizar la progresividad del gasto: que quien gana menos, tenga garantizadas sus necesidades vitales. No sólo se trata de que sean más impuestos o menos, se trata de identificar qué clases sociales pagan

En El Salvador, según datos del Ministerio de Hacienda, el IVA representa el 51% de los ingresos tributarios en contra del 34% representado por el impuesto a la renta, y no hay impuestos a la propiedad u otros rubros que pudieran ser estratégicos para el desarrollo (el caso del impuesto para la niñez, reseñada por la UNICEF). 

Históricamente esta composición se ha consolidado, siendo las clases con menores ingresos las que proporcionalmente aportan más a la hacienda pública. 

En cuarto lugar, al contrario de lo que dicta la experiencia sobre un Estado de Bienestar que con una fiscalidad consolidada pudo reducir las desigualdades y la pobreza, no existen argumentos para sostener que la menor cantidad de impuestos incentivan la iniciativa privada. Es más, la experiencia diría prácticamente lo contrario: altos niveles de recaudación permiten soslayar desde el aparato estatal los “daños colaterales” de la economía de mercado, esto sostiene la demanda agregada, aumenta la productividad del trabajo y la tasa de rentabilidad de los capitales, lo que en cauces apegados al sistema lima las aristas de la conflictividad social. Esto redunda en la atracción de inversiones y en el mantenimiento de la estabilidad política y social. Pero es obvio que la sanidad fiscal es el prerrequisito para solventar los “daños colaterales”: ampliar los servicios de salud, educación, seguridad social, Estado de Derecho. 

Como quinto punto, quiero apuntar que la falacia neoclásica de que la política pública en materia económica se reduce a las políticas fiscal y monetaria, deja de fuera el carácter multidimensional de la economía y del desarrollo, no sólo porque en la práctica la gestión económica del aparato estatal no se reduce a las políticas ya mencionadas, sino porque materialmente no puede reducirse a ellas: esos dos pivotes no alcanzan para manejar el aparato económico e incidir sobre el desenvolvimiento social

Para manejar la economía no basta la política fiscal y la política monetaria. 

Dentro de la economía neoclásica éstas se consideran las únicas por considerar que todo lo demás está dado, que todo lo demás ya funciona bajo los parámetros que defiende (apertura y liberalización de todos los mercados, estructuras competitivas, etc.). ¿Dónde queda la política comercial? ¿Dónde la política laboral, agrícola, de competencia? Para garantizar el desarrollo ¿dónde está la política ambiental, de niñez, de juventud, de género? 

En el momento presente, suponer que las demás políticas económicas quedan fuera del espectro de incidencia del Estado equivale a no tocar el fondo del problema. Por ejemplo, la balanza comercial se ha deteriorado progresivamente desde la entrada en vigencia del CAFTA-DR, cuyo caso más dramático se da en el caso de los alimentos, los cuales se han consolidado como un rubro de carácter netamente importador y que amarra la sostenibilidad de la vida de miles de personas a la tendencia alcista de los precios y a la escasez doméstica de los alimentos. Otro caso es el de la política laboral, que ha seguido el camino de la desregulación de las condiciones de trabajo y la rigidez de los salarios.

Entre 1991 y 2010 según las estadísticas del Ministerio de Trabajo, los salarios mínimos urbanos apenas aumentaron en $1.5, mientras que para el área rural disminuyeron en $4. 

Tampoco escapa a nadie que viva en este país las terribles condiciones de trabajo en que se encuentran muchas mujeres trabajadoras en las maquilas, con jornadas de trabajo de hasta 12 horas, el hecho de que exista un amplio sector de la población que se encuentra subempleado y con miles de niñas y niños que se ven obligados a trabajar para ayudar a la manutención de sus familias. 

Para finalizar, es necesario aclarar que no abogamos por más impuestos, ni por mayores tasas a los impuestos ya existentes; sino por una necesaria justicia fiscal, una transformación en el carácter de la estructura tributaria que cumpla la función redistributiva de la política fiscal y que permita alcanzar una carga tributaria suficiente al menos para solventar las necesidades más acuciantes del aparato estatal y de la sociedad salvadoreña.

Claro que todo esto deja de fuera una cosa fundamental: el problema no es la atracción de inversiones, sino las inversiones en sí mismas; no es la sanidad fiscal del Estado, sino la naturaleza misma del Estado; el problema no son fenómenos atípicos de la libre empresa, sino la contradicción fundamental en que el capitalismo incurre cuando la ganancia de unos se erige sobre el trabajo de otros

Para comprender esto sólo hay que preguntarse ¿qué harían los empresarios sin trabajadores, de dónde sacarían sus ganancias? Como ejercicio analítico para justificar la dominación, alguien nos devolvería la pregunta ¿qué harían los trabajadores sin los empresarios? Es obvio que bajo las relaciones de producción donde el trabajo está subsumido al capital, la ausencia de capitales significa la pérdida del empleo de los trabajadores y, a su vez, la pérdida de su salario. Sin embargo, la liberación del trabajo de los yugos del capital permitiría a los trabajadores trabajar para satisfacer sus propias necesidades, no para generar ganancias. 

No obstante en este circuito el papel fundamental son los trabajadores, en tanto que las maquinas, las instalaciones, el dinero por si mismos ¿Qué podrían producir? El ansia del lucro ha llevado a que el capitalismo se convierta en un absurdo: millones de niños, niñas, hombres y mujeres mueren de hambre en el África Subsahariana, mientras que en Estados Unidos e Inglaterra se desperdician alimentos en cantidades suficientes para erradicar el hambre en el mundo . Fuera de las condiciones coyunturales que han debilitado el crecimiento económico, el estancamiento y el subdesarrollo de nuestro país son productos estructurales, sistémicos, explicados por las contradicciones inherentes a la lógica que la acumulación capitalista tiene tanto a nivel nacional como internacional. 

La estructura económica mundial no sólo mantiene sino que refuerza y consolida el carácter dependiente de los países subdesarrollados tanto en el plano económico como en el político. En otros espacios hemos intentado demostrar que la inversión extranjera directa, por ejemplo, refuerza el mecanismo de explotación de la fuerza de trabajo sin emitir, de suyo, ninguna señal para encauzar el desarrollo de los países; no consideramos que en el marco del sistema actual sea posible garantizar el cumplimiento de los derechos fundamentales de la humanidad, de la realización material y cultural de las personas.
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28.5.13

EL IMPERIALISMO Y SUS “ASOCIOS”

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Las negrillas son para efectos de estudio.
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LA ALTERNATIVA AL IMPERIALISMO Y SUS “ASOCIOS” 

Oscar A. Fernández O. 

Generalmente, por desconocimiento o intencionalmente se presentan los conceptos de capitalismo, imperialismo, globalización y neoliberalismo como fenómenos independientes, lo cual no es así. Estas cuatro formas socioeconómicas no existen independientemente uno del otro. El primero es un régimen económico, el segundo es la actitud y doctrina de dominio del primero, el tercero es la tendencia de los mercados consecuencia de la aplicación del régimen económico llamado capitalismo y de la apropiación concreta del planeta por las corporaciones imperiales. Finalmente, el neoliberalismo es un proyecto de renovación del capitalismo que postula la reducción del estado, en lo social y económico, a su mínima expresión. 

Hoy ha vuelto a hablarse de imperialismo, felizmente. Sin embargo, por imperialismo se piensa sólo en el aspecto del dominio de un Estado, en la utilización de sus recursos humanos, políticos, económicos y militares para subordinar a otros Estados y territorios. Por obvios motivos, desde nuestra región se piensa en Estados Unidos, pero esto es limitado. Se pierde de vista al imperialismo también como el dominio nuclear del capital financiero sobre la reproducción económica de los países, y aclarando que por capital financiero no sólo nos referimos al capital especulativo, sino a la fusión de todas las actividades del capital en su reproducción concentrada y centralizada. El capital financiero utiliza el poder de los Estados imperialistas para facilitar y asegurar su penetración territorial, pero opera por múltiples canales como exportación de capital, de mercancías, tecnología, y en la expropiación y apropiación de riquezas naturales y de plusvalía. 

Lenin fue el único que amplió sustancialmente el círculo de problemas que estudia la economía política marxista del capitalismo. Al examinar las relaciones económicas entre el capital y el trabajo asalariado, estimándolas las principales de la época contemporánea, la teoría del imperialismo incluye en el objeto de su investigación, además, las relaciones de explotación entre la oligarquía financiera y otras capas de la sociedad burguesa, las relaciones internacionales de dominación de la oligarquía financiera y la actividad económica del Estado burgués llamada a reproducir y mantener el existente régimen capitalista. 

De modo que cuando la geopolítica se reduce a la diplomacia y a los vínculos estatales con el gobierno de Estados Unidos y sus agencias, sin vislumbrar el dominio del gran capital transnacional, se establecen caracterizaciones incompletas o equívocas sobre los grados de subordinación al imperialismo o de autonomización respecto a él. 

A pesar de la emprendida variedad de realidades sociopolíticas, sostenemos la hipótesis de que las estrategias dominantes siguen avanzando en una reconfiguración del capitalismo en la región y en la creación de una nueva hegemonía burguesa, llamada post-capitalismo (Stolowicz 2011). Salvo contadas excepciones y por ello muy apreciables, se piensa desde el punto de vista del capital. Se está legitimando una concepción de desarrollo bajo el dominio del gran capital transnacional, sea de origen externo o criollo. Se está legitimando una concepción del Estado como soporte material e institucional de ese “neo desarrollo”. Y, explotando como “oportunidad” sus efectos destructivos, está en marcha una reestructuración social funcional, también legitimada como la construcción de un “nuevo bienestar social” (¡!). 

El neo desarrollismo es un modelo primario-exportador pirata y depredador en manos del gran capital. Como en varios países los principales recursos naturales están todavía bajo propiedad jurídica estatal, sea porque no se han privatizado formalmente, o incluso cuando se han re-nacionalizado, sin que se altere la propiedad jurídica estatal se privatiza su uso o explotación. Es lo que el Banco Mundial denominó, en 1996, “post-privatización”. 

Las inversiones público-privadas tienen la ventaja para el capital, que el Estado otorga seguridad jurídica a las inversiones, le garantiza las ganancias y su remisión hacia el exterior, y además con contratos de larga duración. Casi siempre con exención de impuestos y de pago de previsión social, así como exención de pago de servicios, en modalidades de zonas francas. La seguridad jurídica incluye también que el gobierno evitará, por las buenas o por las malas, conflictos laborales. 

En la última década, las transnacionales entendieron que se trataba de un negocio redondo aunque tuvieran que tratar con gobiernos que les establecen alguna reglamentación, sea en pagar más impuestos o en cumplir ciertas disposiciones laborales. Pese a ello es un negocio seguro pues además tiene apoyo político. 

En buena medida éste ha sido el origen de la reactivación económica y de la capacidad de los gobiernos de centroizquierda y centroderecha para contener los efectos de la crisis. Es lógico que al mejorar en algo el ingreso, sea por los empleos que se generan temporalmente, sea por el asistencialismo gubernamental mediante el uso de impuestos, los gobiernos que impulsan el «nuevo desarrollo» obtengan apoyo electoral de los más pobres. 

Aun cuando el bloque de poder se reconfigure con nuevas fracciones que permitan ciertos márgenes de mediaciones políticas, la fracción hegemónica, la que condiciona la reproducción económica es el gran capital transnacional, asociado o no con capitales locales. 

Hemos construido una historia y un trabajo común que permitió algunos avances, particularmente en América Latina, donde logramos frenar alianzas neoliberales y concretar alternativas para un desarrollo socialmente justo y respetuoso de la naturaleza. Juntos, los pueblos de todos los continentes libramos luchas donde nos oponemos con gran energía a la dominación del capital, que se oculta detrás de la promesa de progreso económico del capitalismo y del eufemismo de la “gobernabilidad”. 

Sin embargo, los pueblos de todo el mundo sufrimos hoy los efectos del agravamiento de una profunda crisis del capitalismo, en la cual sus agentes (bancos, transnacionales, conglomerados mediáticos, instituciones internacionales y gobiernos neoliberales) buscan potenciar sus beneficios a costa de una política intervencionista y neocolonialista. Guerras, ocupaciones militares, tratados neoliberales de libre comercio, “medidas de austeridad” expresadas en paquetes económicos que privatizan los bienes comunes y los servicios públicos, rebajan salarios, reducen derechos, multiplican el desempleo, aumentan la sobrecarga de las mujeres en el trabajo de cuidado y destruyen la naturaleza. 

En la recomposición del capitalismo en América Latina también se está procesando una reestructuración de la sociedad que favorece la dominación del gran capital, que ha logrado crear consensos activos y pasivos mediante nuevas formas de mediación, distintas a las clásicas contempladas por la sociología política, pero efectivas; aun donde tienen menor legitimidad los gobiernos, crean mediaciones explotando el miedo y haciendo de la pobreza y el desempleo una «oportunidad» para las estrategias conservadoras. 

El tema de la inseguridad es alimentado deliberadamente para legitimar el uso de la fuerza pública y privada, que desde luego está al servicio de los intereses del capital. Hasta se usan las epidemias para que se acepten con gratitud los estados de excepción. Y una nueva doctrina de seguridad nacional ahora civil o democrática, consustancial a la preservación de los derechos del capital, se está imponiendo en todo el continente, dando protagonismo mayor a las fuerzas armadas con ese fin incluso en países de gobiernos “progresistas”. 

En palabras de Samir Amin, o se sale de la crisis del capitalismo o se sale del capitalismo en crisis. La política internacional revolucionaria es un dato esencial para constituir los proyectos nacionales revolucionarios. En esta época de máxima internacionalización histórica del capital es absolutamente necesario que tengamos en cuenta la marcha de la lucha de clases en el mundo. Otra cuestión a tener en cuenta es la integración. 

Las ideologías del capitalismo o los ideólogos del capitalismo, plantean ante la crisis del capitalismo las siguientes soluciones, por un lado más capitalismo, más privatización, más mercantilización, más consumismo, más explotación irracional y depredadora de los recursos naturales y más protección a las empresas y a las ganancias privadas. Por otro lado menos derechos sociales, menos salud pública, menos educación pública gratuita y menos protección a los derechos de las personas, hoy las sociedades, los pueblos de los países desarrollados viven dramáticamente la crisis capitalista creada por su propio mercado. 

Los gobiernos capitalistas creen que salvar a los bancos es más importante que salvar a los seres humanos y salvar a las empresas es más importante que salvar a las personas. 

No es una discusión entre maximalismo o gradualismo, como algunos pretenden, sino de la dirección hacia adonde se camina, aunque sea paso a paso. Es un asunto de trazar el norte estratégico. No hay que confundir gradualismo con cambio de dirección. En esto la derecha no se pierde, piensa estratégicamente para definir sus tácticas. Decía el Banco Mundial en 1991 que “hacer el ajuste a lo largo del tiempo no significa que la introducción de las reformas sea en sí misma gradual”. Esto significa que cada paso, aunque lento, es decisivo según el modo como se da, para que pueda llevar al siguiente paso. 
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